Una mujer amanece en un barrio cualquiera de una ciudad donde las huellas de la crisis siguen su curso entre lágrimas púrpura. No sabemos si su cara refleja emoción o veneno de un desamor, pero no deja de llamar al cielo paseando por esas calles donde las sábanas se pierden con el almidón. Una gaviota posa sus patas sobre una antena mientras parpadean las últimas luces de un neón en un bar de dudosa reputación del que salen unos últimos clientes.

Mientras tanto, una mujer en bata acabará reduciendo el alboroto de un niño, al mismo tiempo que sigue recogiendo con cierta prisa la ropa del balcón que inunda la calle como esa Lisboa que aún existe y que ella jamás visitará. “Nunca olvidaré la batalla en la que concebí a este hijo de un padre que no tiene nada en común conmigo y que, sin embargo, salió parecido a él y no a mí, qué desgracia,”. “Qué redundancia en su forma de tiranizarme” y mientras, los ve a los dos mirando el mismo programa de siempre antes del comienzo de su rutina sagrada, la de jugar al futbol.

Cuando despierta a la luz, la chica del coche mira por el retrovisor sin calcular el golpe y no da crédito a que el automóvil de delante simplemente siga su camino. No es de oír que tiemble hasta mi sien. “¿Dónde estuve anoche, quién implicó que tomara dos cervezas de más, quién tuvo que pasar por mi vida para que te desoyese?”

El niño intenta superarse como un hombre que nació padre. “Tengo que intentar llegar a más, darlo todo por una espera que simplemente llegará en tres meses”. “No me aguardéis” piensa el contrario mientras irrumpe en el caminar del balón de una forma atropellada por el pasillo de paredes de gotelé, antes de salir de su casa hacia un colegio. “Siempre será indómita tu prosperidad”, piensa el padre mientras besa a su mujer en un edificio que se cae a trozos.

El pañuelo cae de un cuello y nadie para a devolvérselo. Cuando él percibe el tropiezo ya está transportado por el viento hacia un vehículo que derrapa encima de un charco salpicando a los viandantes. “Dónde estará los circos de tu memoria ahora que creces sin mí, quién anidará el beso que me robaste esa noche delante de este mismo portal”, se dice a si mismo uno de ellos mientras se mira el pantalón levemente manchado de barro sin percatarse que con esa indumentaria tiene que ir a trabajar a la misma oficina de siempre donde le espera simplemente un ordenador y dolor en las cervicales.

Un camarero retira unos vasos de una mesa ante el despiste de un cliente que mira el periódico ante todo este pasar de la vida. Parece que tiene pesar por lo que lee y pregunta sátiro si está de acuerdo con la noticia del día de ese miércoles de primavera. Se escabulle mientras contesta el obrero hacia el bar al tiempo que piensa si su novia estará ya en casa después de su trabajo nocturno. “No hay quién me baje estas ganas de no dormir por el día” se ríe sola al tiempo que se hace un café descafeinado que irrumpe poco a poco al mismo tiempo que el agua de la ducha.

El hazmerreír de una televisión huye de la carcajada de una vieja que cada vez sube más el volumen de una televisión que es la misma de siempre. Su nieto juega en otro cuarto solo con una caja de zapatos donde lo ha llevado su madre por no tener dinero para una guardería en uno de los barrios más pobres de la ciudad que sigue conversando a espaldas de sí misma de cuándo llegará algo diferente.

Mientras amanece en ella, un sindicalista camina sin parar a su oficio, el que condujo a un obrero a salvar su salud ante la ingratitud de siete más. “No puedo desfallecer ante la llamada de la gente. Esta vez alguien premiará mi esfuerzo y será distinto”, se convence el hombre mientras habla sin escuchar a su mujer que comienza poco a poco a trasladarse hacia una población cercana a iniciar su función diaria.

Ni un taxi pasa por la zona y solo un autobús cruza la llovizna con la que ha aparecido el cielo. Poco a poco va amainando y el cielo apareciendo por un lateral. “Y así cada día” se dice a sí mismo un gris maestro de escuela que no tiene más remedio que echar de menos los tiempos pasados.

El primer comercio abre sus puertas en un local donde las farolas nos hablan de cerrajeros, fontaneros y electricistas y donde cuelga la foto de un pequeño animal perdido. En frente de él hay una chica esperando que abran y ve singular belleza en la imagen de un despertar en el que un  inmigrante árabe comienza a revisar el género que va a vender.

Siete obreros cruzan la calle sin mirar y entonces pasa un avión próximo al descenso. Los orientales empiezan abrir sus negocios mirando al sol y todo contribuye a que todo siga.

La sirena de una ambulancia rompe el silencio y la gente para de su quehacer unos instantes…y entonces un coche atropella un gato.